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Miércoles, 29 Enero 2020 13:29

GERMÁN ANTONIO LASTRA LÓPEZ-ASTURIAS Featured

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Ingeniero químico, ex presidente y consejero delegado de DuPont Ibérica, y fundador de UMA Ibérica en el Parque Tecnológico de Galicia

“Galicia, y también Cataluña, fueron posibles emplazamientos del proyecto asturiano de DuPont, con 1.000 millones de inversión y mil empleos”

Fuera tópicos, la carrera profesional y vital de Germán Lastra, ingeniero químico y gestor empresarial nacido en la ciudad de Lugo, es un inmejorable ejemplo para las nuevas generaciones de que las metas personales siempre son alcanzables. En tiempos muy difíciles, en los grises años 60, demostró que desde lo que hoy llaman la España vaciada y desde una de las zonas rurales menos habitadas de Galicia, Negueira de Muñiz, en la provincia de Lugo, en donde nacieron su padre y sus abuelos paternos, se puede llegar a la cúpula de una multinacional de la talla de DuPont, previo paso por una universidad británica. Dentro de la compañía estadounidense inventora del nylon asumió responsabilidades y tareas directivas en el Reino Unido, en la sede europea de Ginebra, en Barcelona como máximo responsable de la filial creada en la Península Ibérica, y en la propia sede central de Wilmington (Delaware). Fue el encargado de la creación del complejo asturiano de DuPont, en las cercanías de Avilés, con un proyecto muy redondo: mil millones de dólares de inversión y mil empleos. Galicia llegó a estar entre las comunidades candidatas a albergar ese gran centro, que sigue despuntando en productividad y en innovación, pero tal y como nos cuenta Germán Lastra en esta entrevista para los lectores de Galiciaexterior.com, era “muy difícil desbancar a Asturias, ya que el apoyo institucional, político y popular estaban garantizados”. De aquella época recuerda que “el entonces alcalde de Lugo, al enterarse de que una de las necesidades del proyecto era el agua, me llamó ofreciéndome el Miño”. Otro hito en su trayectoria ha sido el de formar parte como jurado de los Premios Príncipes de Asturias, en la categoría de Ciencia y Tecnología. Durante esa experiencia llegó a compartir decisiones, y “mesa y mantel”, con Severo Ochoa y con el doctor Grande Covián. Nuestro protagonista no desistió en su intento de conectar DuPont con Galicia. Y lo consiguió. Durante más de una década, logró ligar el nombre de Ourense y el del Parque Tecnológico de Galicia (Tecnópole) al ciclismo profesional de élite. La famosa rueda lenticular de las etapas contrarreloj del Tour de Francia y demás pruebas internacionales, con Lance Armstrong como selecto usuario y “probador”, salía de las instalaciones de UMA Ibérica, dirigida por Germán Lastra. En su etapa en Ourense cosechó una faceta más, la de excelente comunicador. Sus crónicas capaces de describir y contar la actualidad mezclada con sus vivencias personales y hasta familiares enganchaban cada domingo a los lectores del Suplemento Euro editado por el diario ourensano La Región. Después de tanta vinculación de amistad y conexión periodística, Galiciaexterior.com no tendría sentido sin Germán Lastra formando parte de su gran galería de personajes.

Texto: Javier de Francisco ©

Hoy es frecuente que los universitarios completen su formación lejos de España, pero no en la década de los 60. ¿Tu paso por University College of Walles, marcó el rumbo de tu carrera profesional como ingeniero químico?

Sin duda alguna. Terminaba la licenciatura en Química, con la especialidad teórica de Ingeniería Química. También solucionaba mis obligaciones militares con un año de servicio en el retén del Gobierno Militar de Asturias, en Oviedo. Éramos una decena de soldados al mando de un cabo primero. Me nombraron cabo furriel con dos obligaciones, recoger el pan diario para la tropa y suboficiales y nombrar guardias y servicios. Compaginaba todo esto con ser profesor ayudante de la cátedra de Analítica, con una dotación de 500 pesetas al mes y alta en la Seguridad Social. También me habían nombrado profesor titular en la Escuela de Artes y Oficios. Me habían empleado en una comercial de productos y material de laboratorio; esto me daba acceso a un coche, un 4-4 de Renault. Daba algunas clases particulares y me ganaba en total unas 7.500 pesetas al mes. Me acostaba hacia las 10 de la noche y me levantaba a las 6 de la mañana; tenía que estar en el puesto militar a las 7 para ir a recoger el pan y distribuirlo para el desayuno. Mi compañero de Facultad y Premio Extraordinario, José Antonio García Domínguez, acababa de regresar de Escocia después de haber terminado allí su doctorado. Su mentor, Trotman Dickinson, acababa de ser nombrado catedrático en la Universidad de País de Gales, en Aberystwith, y buscaba becarios para hacer el doctorado en Química Física. Yo aceptaba, pero si podía ir acompañado; así se lo propuse a Gregorio Esteban, también Premio Extraordinario de una promoción más joven que la nuestra. Acepto.

 Germán Lastra en su despacho de DuPont Ibérica, en Barcelona

Poco después de esa experiencia en Gales, llegó tu incorporación a DuPont, la multinacional estadounidense a la que has estado vinculado durante tres décadas. ¿En qué sedes de la compañía has trabajado y cuáles han sido en ellas los principales proyectos y desarrollos en los que has participado?

La decisión de aceptar la oferta y hacernos doctores en Gales fue acertada. Al terminar ya tenía tres ofertas de empleo. Un postgrado en MIT, el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusettsten, otra consistía en volver a España para trabajar en Alcan, en Alicante, y la tercera incorporarme al departamento de Marketing, Desarrollo y Ventas en DuPont Internacional, en Ginebra. Esta era la más atractiva. Eran momentos importantes y DuPont había decidido potenciar su presencia en Europa y abría su sede en Ginebra, por lo que estaban buscando universitarios europeos bilingües y adaptables. Aquella generación debería también ser el vivero de los futuros directores europeos. Tuve que adaptarme a una vida totalmente diferente a la de un estudiante universitario con una beca de 200 libras al año. Los primeros tiempos fueron de inducción a la compañía bajo la batuta de un senior de la central americana que, con gran paciencia y bien hacer, nos fue amoldando a la compleja filosofía de empresa. Me asignaron al desarrollo de nuevos productos, dentro del departamento de Fibras Químicas, el más importante de DuPont y una especialización en la que DuPont tenía ya una bien ganada y larga tradición, desde los tiempos de las fibras de celulosa a las primeras sintéticas con el descubrimiento del nylon por Carhothers en el año 1933 en el laboratorio experimental de la compañía. Con la comercialización del nylon se desarrolló una técnica puntera en la fabricación de fibras químicas que le había dado a DuPont una ventaja mundial indiscutible. Me asignaron al grupo del Dr. Winn, un personaje curioso que tenía la particularidad de no viajar en avión y así podía pasarse dos o más días en tren para visitar clientes lejanos en Moscú o Helsinki. En aquellos tiempos se estaba desarrollando un grupo de lo que se llamaba tejidos sin tejer, con una tecnología parecida a la de la fabricación del papel. La materia prima venía en solución acuosa desde los Estados Unidos. En el grupo del Dr. Winn conocí al que después sería uno de mis mejores amigos, George Pavlow, de ascendencia de aristócratas rusos y polacos que habían emigrado a América escapando de la Revolución soviética. George era capitán del ejército americano y veterano de la guerra de Corea. De allí me asignaron a otro grupo que consistía en el desarrollo de refuerzos de fibras químicas para cubiertas de alto rendimiento. Los nuevos jefes eran, como todo, americano. Al Pottery, mi mentor casi en exclusiva, un técnico llamado Fred Miller, personaje curioso que trataba de enseñarme como "ganar" dinero con los gastos de viaje. En lo técnico era meticuloso y atento. Dupont tenía en Delaware un equipo completo para la fabricación de neumáticos de coche. Allí me mandaron 15 días para aprender a hacer las cosas desde la materia prima y allí viví mi primera experiencia americana.

Panorámica de Cudillero (Asturias), concejo en el que reside actualmente

¿En qué consistió esa primera experiencia americana?

Estuve en un motel que llamaban El Capitán; era de estreno y coincidí con un equipo de Sears, la gran cadena americana que venía a inaugurar una nueva tienda en Wilmington, Delaware. Las tardes y noches las pasé muy entretenido con aquella gente, entre los que había algunos hispanos. En aquellos tiempos, la hegemonía en la fabricación de neumáticos la tenían las grandes compañías norteamericanas, asentadas en Akron, en Ohio. La estancia también incluía visitas a algunas de estas compañías; era el principio de los años 60. Las alternativas europeas eran Michelin y Pirelli. Michelin tenía en exclusiva la rueda que se llamaba de cinturón con refuerzo de acero, mientras que Pirelli, también con una tecnología parecida, utilizaba como refuerzo las fibras de celulosa de alta tenacidad. Volví a cambiar de jefe y esta vez tenía al que fue mi gran valedor y padrino, Bill McCabe, y a su asesor técnico, Lou Richardson, un gran técnico, buena persona y un formidable maestro. Lo sabía todo sobre la fabricación de neumáticos. Los dos fueron instrumentales en mi conversión de empleado totalmente homologable para DuPont y los dos me siguieron prácticamente hasta el final de mi vida en la compañía.

Vistas a la nieve, estas Navidades, con el Potomac al fondo, desde la casa de su hija en Virginia

Y después llegaron tu progresión en la compañía y tus altas responsabilidades con DuPont. ¿Cómo fue esa etapa?

Sí, a partir de aquí empezó el proceso de formación como dirigente, y mi primera oportunidad fue la de dirigir la división de todas las fibras de DuPont para la Península Ibérica. Tuve que enfrentarme a la tarea de finalizar los contratos de representación hasta entonces vigentes y de formar mi propio equipo, tanto técnico como de ventas. También tuve la oportunidad de transformar la que era una filial de una empresa compartida, Dequisa, en DuPont Ibérica, 100% de DuPont. Fue una experiencia formativa formidable. Tuve que familiarizarme con un abanico de fibras muy variado en donde destacaban las acrílicas, entonces Orlon, las poliuretanas o Lycra, y otras como nylon, muy fino y destinado a las medias. También tuve que aprender a relacionarme con clientes y a soportar jornadas de discusiones sobre contratos y precios. Podía estar en la oficina a las 8 y terminar el día a las tantas. También tenía que formar parte del equipo europeo y estar presente en las reuniones anuales en diversas capitales. En aquellos tiempos ya me había casado, con una chica danesa diez años más joven, y ya teníamos tres hijos. Ella fue mi fiel compañera hasta su fallecimiento y con su constante bien hacer y sacrificio me facilitó los diferentes destinos que tuve. A finales de los 70 se me ofrecía un empleo que sería el penúltimo antes del salto final en mi formación en el centro mundial de DuPont en USA. Era un cargo así como director del segmento de fibras para alfombras y para rellenos de edredones y almohadas. El lugar de destino era Leicester, en el centro de Inglaterra, con DuPont UK. Sería el primer no nativo en ocupar un puesto de dirección. Había unos 100 empleados y un laboratorio muy bien equipado para asistir técnicamente al desarrollo de ventas de fibras para otros usos. En aquellos tiempos había dos grandes grupos, uno en Londres, que se ocupaba de la venta de otras fibras, y el mío en Leicester. El de Londres, dirigido por un ex oficial de la Navy, Peter Mcmenemy, contaba con algunos de los clientes más importantes de Europa, como lo era Marks and Spencer. En Leicester, el director del laboratorio era un ex oficial del ejército. Yo vine a alterar los usos y costumbres, muy británicos, de aquella subsidiaria. El jefe administrativo de todo DuPont UK era un americano y la oficina estaba en Londres.

Con sus tres nietos del Reino Unido, en las vacaciones de verano

Y volviendo al principio de la entrevista, ¿en esta fase de tu vida en el Reino Unido, seguro que te resultó de ayuda tu experiencia universitaria en Gales?

Sí, claro, mi doctorado en Gales era una valiosa tarjeta de visita que también me ayudó a entender la manera de vivir y comportarse en las Islas Británicas. Era muy importante el saber jugar al golf y muy a mi pesar tuve que aprender. Afortunadamente tenía en mi grupo algunos jugadores muy buenos, entre los que destacaba un par 2. También tuve que habituarme a hacer de anfitrión, pues Inglaterra era sitio de visita obligada para visitantes de los Estados Unidos y de toda Europa. Para los hijos no fue complicado y encontramos una escuela católica. Kirsten, mi esposa, decidió hacerse enfermera y se matriculó en la Universidad de Leicester. Fueron años muy intensos y yo ya formaba parte del equipo directivo del Departamento de Fibras, así que tenía una carga administrativa considerable que incluía una buena dosis de viajes. Pronto nos habituamos a las prácticas inglesas y ya no llamábamos la atención. A finales de los 70 vendría la última y definitiva oportunidad; era un empleo en Estados Unidos, en La Meca de DuPont, en Wilmington, Delaware. Era como integrante del grupo de productos para las moquetas y rellenos; nuestros productos eran el nylon y el poliéster y desde allí se planificaba y coordinaba la actividad para estos mercados en todos el mundo. Era un grupo reducido pero nos entendíamos muy bien, y trabajé muy a gusto con todos mis compañeros. También teníamos presente la rentabilidad de los productos y ayudábamos a las diversas fábricas a establecer sus prioridades y presupuestos. Eran números y más números que, al final, tenían que cuadrar y tener sentido. También preparábamos documentos para la gerencia mundial de la DuPont. Era un empleo de alta visibilidad; decían que vivíamos como en una pecera. Después de tres años, en los cuales Kirsten terminó brillantemente su carrera de Enfermería, empezó el baile de ofertas, entre las cuales la más atrayente era volver a España, esta vez como director general de DuPont Ibérica. Tendría la responsabilidad administrativa total y operacional de algunos negocios, como el de pinturas. El destino, Barcelona. También se me daba la opción de regresar a Ginebra, en un buen empleo. Era el final de una muy completa e intensa etapa formativa, de casi 15 años y cuatro países. También era el principio de otra etapa en territorio desconocido.

Su hermano Carlos Lastra, y la esposa de este, Nuria, con el nieto Xurdin

¿Y cuál fue tu elección, España o la sede central de Ginebra?

Opté por la primera. Sería el consejero delegado, presidente del consejo de administración de DuPont Ibérica y tendría a mi jefe operacional en Ginebra; era un vicepresidente de DuPont Internacional, un escocés, Dave Willianson, que me dirigía muy en la distancia y me dejaba hacer lo que quería. Mi responsabilidad también incluía las compañías en que DuPont tenía el 50%, así como el contacto con los distribuidores y representantes, y era el responsable último de que todo funcionase de acuerdo a los principios éticos y básicos de la compañía. Cada año tenía que poner mi firma a un documento para el presidente de DuPont en el cual yo me hacía responsable de todo y que estaba avalado por las firmas de los directores de las diferentes empresas que formaban DuPont en la Península Ibérica. Regularmente los auditores nos visitaban y emitían informes vinculantes que, en algunos casos, nos obligaban a tomar decisiones muy dolorosas. Entre los proyectos más importantes y de más laboriosa elaboración destacó uno, el Proyecto Asturias. En este proyecto invertí una buena parte de cinco años y fue un proyecto muy personal. En aquellos tiempos no había ninguna indicación de que España fuese un punto de atención diferenciado y meta de algún proyecto de inversión. Pero España estaba en la cresta de la ola; Felipe González era portada en Time Magazine, acababan de concederle los juegos Olímpicos a Barcelona, estaba en marcha la Expo de Sevilla... Típicamente para mis colegas europeos España presentaba un perfil muy bajo y ninguno consideraba que fuésemos capaces de atraer alguna inversión relevante. Pero el entorno era propicio. Y por primera vez había una compañía 100% de DuPont en Iberia. Ya nos había visitado un presidente de DuPont, Richard Heckert, entusiasta cazador que quería comprar una Sarrasqueta personalizada. Le ayudamos con contactos y tuvimos una entrevista con Felipe González. En ella Heckert comentaba que sabía que no había inversiones relevantes de DuPont en España y prometía que sería un país preferente para futuras inversiones. Organizamos una Semana Española en Wilmington, invitamos a representantes de los clientes más prominentes en cada especialidad y nos acompañaron representantes del Gobierno de Felipe González y de la Cámara de Comercio Americana. Llevamos una tuna de veteranos, los Cuarentunos, todos con empleos prominentes, y a un grupo folclórico de Coco Comin; eran tres chicas y un chico, y la coreografía era 100% Coco Comin. También vino con nosotros un chef del Hotel Palace, para colaborar con el chef del Hotel DuPont en preparar platos españoles. La Semana Española fue todo un éxito. La cena de gala, la representación de Coco y todo amenizado por la tuna, con bailes incluidos, y los discursos, entre otros el de Antonio Garrigues Walker, muy llamativos y espectaculares. También coincidía con el cambio de poderes en la cúpula de DuPont y Ed Woolard reemplazaba a Heckert. Los dos estaban en la cena. Para Peggy, la esposa de Woolard, los tunos le tenían preparado un precioso mantón de manila, y el líder de la tuna la sacó a bailar envolviéndola en su capa. La Semana Española fue un éxito y dejó preparado el terreno para el Proyecto Asturias. En el lado asturiano todo era propicio. La General Electric acababa de decidir que su proyecto estrella se iría a Cartagena, dejando al Gobierno asturiano de Pedro Silva con la miel en los labios. El trabajo de base y preparación del proyecto, presentando Asturias y resolviendo las dudas que una compañía americana pudiera tener, eran una herramienta fundamental para avanzar sin tropiezos en el plan asturiano. El equipo del Principado que se había encargado de los contactos con GE estaba intacto y era de una gran calidad técnica. Las cosas no nos podían ir mejor. El proyecto se aprobó; básicamente era una inversión de mil millones de dólares, creando 1.000 puestos de trabajo, en unos terrenos ideales, cerca de Avilés, y con espacio suficiente y la privacidad necesaria. Acaban de celebrarse las bodas de plata. Empleados del complejo asturiano han sido transferidos a puestos de responsabilidad en Estados Unidos y en Europa, y las fábricas en funcionamiento son ejemplo de productividad y bien hacer, y están consideradas entre las mejores del mundo.

Germán Lastra y su esposa Kirsten, con Gigi, Ali y Xabel, cuando fue nombrado junto a Rosa (a la izquierda) vaqueiro de honor en la Boda Vaqueira de Aristébano

Galicia llegó a sonar entre las candidatas para albergar el plan de inversión mil millonario de DuPont. ¿Nuestra Comunidad tuvo realmente opciones de conseguirlo?

En efecto, Galicia, y también Cataluña, fueron consideradas como posibles lugares de emplazamiento. Como anécdota recuerdo al entonces alcalde de Lugo que, al enterarse de que una de las necesidades del proyecto era el agua, me llamó ofreciéndome el Miño. De todas formas sería muy difícil desbancar a Asturias, ya que el apoyo institucional, político y popular estaban garantizados.

Otro hito en tu trayectoria es la de formar parte del jurado de los prestigiosos Premios Príncipes de Asturias. ¿Con qué vivencias y recuerdos te quedas de esa gran experiencia?

Los jurados de los Premios Príncipes de Asturias tienen una base técnica y profesional muy buena, aunque se agregan ocasionalmente otras personas. Este fue mi caso; estuve como jurado de los premios de Ciencia y Tecnología, y compartí mesa y mantel con Severo Ochoa y Grande Covián. Fue durante un par de años; la experiencia resultó inolvidable. Grande Covián había sido profesor en Copenhaguen y hablaba danés bastante bien. Se hizo muy amigo de mi esposa Kirsten y le dedicó uno de sus libros. El que preparaba todo el material de base sobre las posibles candidaturas, un trabajo ingente y muy necesario, es José Antonio Martínez, catedrático de la Escuela de Minas, vecino y compañero de colegio y del primer año en Químicas.

Y una muy diferente etapa de tu vida discurrió entre Allariz y San Cibrao das Viñas. En Allariz residiste durante muchos años y en San Cibrao, en concreto en el Parque Tecnológico de Galicia, estaba la planta de UMA Ibérica en la que enlazabas una jornada con otra. ¿Cómo surgió ese proyecto de I+D? ¿Pesó mucho el empeño y el encargo que te hizo Manuel Fraga?

Entré en contacto con Don Manuel Fraga gracias al apoyo del dueño de las bodegas de Murrieta, el Conde de Creixell, buen amigo y admirador de Don Manuel. Me invitaron a participar como técnico en la Cosellería de Industria y uno de los proyectos que me encomendó el presidente era localizar una posible implantación industrial en el Parque Tecnológico de Galicia, en Ourense. El Parque languidecía sin ningún proyecto. Entré en contacto con el grupo de nuevos productos de DuPont y estaban impulsando el desarrollo de materiales composites de fibra de carbono con diversos soportes de fibras técnicas. Era también un proyecto muy ambicioso, que incorporaba tecnología de fabricación japonesa.

Germán Lastra y su hija Ana María, en Virginia (USA)

Fue la época en la que uniste el nombre de Ourense con el de Lance Armstrong y con el de muchos de los ciclistas profesionales de primer nivel, cuando UMA Ibérica producía con materiales avanzados las cubiertas de bicicleta profesional con las que soñaba todo corredor, sobre todo para meter segundos en las disputadas etapas contrarreloj...

Sí, verás. DuPont tenía un centro de desarrollo en Alemania y una de las posibilidades que nos ofrecieron fue la fabricación de una rueda de bicicleta de tres radios. Colaboraría Steve Hed, que tenía una industria en Estados Unidos. Junto con su esposa eran reconocidos como líderes en el desarrollo de productos para la bicicleta. Steve había desarrollado la rueda lenticular, hoy estándar aceptado en todas las carreras contrarreloj como rueda trasera. La rueda de tres radios era el complemento ideal. Steve se llevaba muy bien con Lance Armstrong, en el momento uno de los ciclistas de mayor renombre en el mundo de la bicicleta. Lance colaboraba con Steve e incorporaba sus nuevos productos y le daba su muy valiosa opinión de usuario. La inversión en el Parque Tecnológico sería muy bien aceptada por Don Manuel; se formó una compañía y se consiguieron los 5 millones de dólares que sería el coste de la inversión. DuPont se encargaría de proporcionar la ayuda técnica y nos pondría en contacto con Specialized, compañía mundialmente reconocida como fabricante y diseñador de bicicletas. Ellos serían nuestros clientes. Se formó el equipo humano y la fábrica se inauguró en tiempo y forma. La compañía se llamaba UMA Ibérica.

¿Te habría gustado darle más consistencia y recorrido al proyecto empresarial de UMA Ibérica? ¿Qué falló?

En realidad UMA tenía un proyecto más amplio que la exclusiva fabricación de la rueda de tres radios, pero las cosas no iban bien para DuPont en este proyecto y vendieron la planta piloto alemana. También tuvimos la desgracia de perder a Steve Hed y no pudimos seguir adelante en nuestra empresa de diversificar UMA. Las personas somos contingentes y no permanecemos. Entre nuestras responsabilidades se incluye el responder a las contingencias de los mercados y el proponer planes de futuro. No entra en mi manera de ser el sentirme olvidado. Las situaciones y las circunstancias son únicas y las nuevas generaciones necesitan nuevas oportunidades sin el lastre de las viejas. Yo tuve mis oportunidades y algunas supe aprovecharlas. Quizás en Ourense y en el contacto con Don Manuel pude hacer más cosas, pero tenía un poco abandonada a mi familia y decidí levantar el pie del acelerador y retornar a mis cuarteles de invierno en Asturias. También tuve la oportunidad de encontrarme contigo y explorar mis posibilidades periodísticas. Mi padre, que fue periodista toda su vida y que a los 15 años ya escribía para el Progreso de Lugo, y mis dos hermanos, tienen el gen de las letras y escriben muy bien. Mi hermano Carlos, el más joven, tiene una publicación digital sobre Asturias y su naturaleza (https://asturnatura.wordpress.com/tag/carlos-lastra/), y lo hace muy bien. Analizar la situación ourensana y la gallega me parece una tarea difícil; el ambiente español está muy enrarecido y no hay, ni de lejos, las oportunidades de progreso que se pueden dar en otros países, no digamos en Estados Unidos. De todas las maneras, Galicia ha permitido el desarrollo de Inditex, ejemplo mundial de bien hacer, y también tiene buenos ejemplos en el diseño, como son Roberto Verino y Adolfo Domínguez. El turismo con el faro del Año Santo y el desarrollo de los vinos gallegos son otros buenos ejemplos. Galicia adolece de una burocracia asfixiante y es gracias a la tenacidad y el bien hacer de muchos gallegos que las cosas funcionan.

Gigi, su nieta, en Dinamarca, visitando el fiordo Pequeño Belt

Siempre has sido multicultural, por tu espíritu aventurero, retos profesionales fuera de España, viajes... Y en lo familiar también se da esa circunstancia: tu matrimonio con la danesa Kirsten, tristemente fallecida, tus hijos establecidos en Estados Unidos, Reino Unido y Cataluña, tu nuera y yerno hindú y estadounidense, respectivamente. ¿Cómo es tu vida actual y cómo repartes el tiempo que, como buen viajero, siempre distribuías entre Asturias, Barcelona, Dinamarca, Estados Unidos, Reino Unido...?

Ahora mis tiempos están repartidos entre Asturias, Barcelona, Londres y Virginia, pero ya tengo que compartir mi vida con dolencias propias de los años y de algunos abusos de juventud. También mantengo una implantación en Dinamarca, cuyo país y cultura me han entusiasmado siempre. Tenemos una pequeña casita en Bogense, cerca de Odense, en Fionia, y por allí van los hijos y nietos de vez en cuando. Allí, en un encantador cementerio, muy bien cuidado y con el mar de vecino, reposan las cenizas de Kirsten, y las de sus padres y otros amigos. Las redes sociales me dan una oportunidad de mantener un buen contacto con mis tres hijos y con mis siete nietos. La nieta mayor es una influencer (“Gigi” Vives), creo que con unos 500.000 seguidores, y está constantemente viajando. Otros son entusiastas del karate y, en general, se comportan correctamente en los estudios y en la vida, que no es poco. Tengo a mis dos hermanos cerca de mi y también mis baúles de recuerdos. Tampoco olvido a mis primos gallegos, de Meira y de Lugo. Entre mis familiares puedo destacar a Xabel, hijo de mi hermano Carlos y de Nuria. Tiene 32 años, es graduado por Oxford y Harward, y profesor en una universidad privada en Madrid. Está casado con una rusa-americana y tienen un hijo de dos años al que llaman Xurdin, que es Jorge en asturiano. Xabel es un personaje extraordinario. Decidió por su cuenta y riesgo que lo de Asturias se le quedaba pequeño y que tenía que abrir sus horizontes. Hizo algo parecido a lo que hice yo, pero a lo grande. Él no pidió nada a nadie; preparó su documentación, se procuró sus recursos y fue aceptado en Oxford y Harward. Sigue sin pedirle nada a nadie. Como curiosidad, en su afán de autofinanciarse, consiguió una beca de la Fundación Barrié de la Maza.

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